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  • Foto del escritor: Alejandro Forero
    Alejandro Forero
  • 12 abr
  • 3 Min. de lectura

Por: Manuel Alejandro Forero Torres


“Me volví loco con largos periodos de espantosa cordura”. —Edgar Allan Poe


Nací el 25 de octubre de 1997 en la ciudad de Bogotá. Mis padres, altruistas y esperanzados, creyeron que una existencia tan mísera como la mía podría llegar a cambiar el mundo algún día. Y, aunque suene contradictorio, aún conservo esa misma esperanza, aun cuando sospecho que la esperanza también puede ser uno de los peores males de la humanidad.


Desde que tengo uso de razón, me costó encajar en la vida social. Mientras los demás corrían, yo prefería sentarme a leer; mientras todos gritaban, yo me refugiaba en la música; mientras todos veían televisión, yo contemplaba el parque, los árboles y la naturaleza. Ella —la naturaleza— ha sido la única capaz de purificar mi mente, mi cuerpo y mi alma cuando he sentido que no puedo caminar más.


Mucho tiempo después, cuando por fin me acerqué al cine y a la televisión, descubrí que solo dos figuras lograban habitarme de verdad. La primera, una pequeña niña argentina, bajita y tierna, distinta a todo lo que veía a mi alrededor: Mafalda. En ella encontré un espejo. Como a mí, no le gustaba la sopa y, como a mí, le dolía el mundo. Hasta hoy seguimos, de algún modo, haciéndonos preguntas sobre esta sociedad enferma, absurda e indiferente.


La segunda figura pertenecía al territorio de la fantasía. Durante años esperé mi carta de Hogwarts. Quería volar en una Nimbus 2000, habitar torres antiguas y aprender a hacer magia. Pero esa esperanza comenzó a desvanecerse cuando tenía doce años y vi cómo aquella historia llegaba a su final. Aun así, el anhelo persistía: vivir entre muros antiguos, vestir una bata, agitar una varita  y creer, aunque fuera en silencio, que algo extraordinario podría ocurrir.


Con el tiempo, la vida me llevó a un lugar que parecía responder a ese deseo: un edificio antiguo, casi un castillo. Pero no era la magia lo que me aguardaba allí, sino el enfrentamiento con mis propios demonios, internos y externos. Fue en ese espacio donde entendí que algunas batallas no se libran con hechizos, sino con resistencia.

Porque, en las veces en que mi cerebro ha sido taladrado, he comprendido que nunca he estado realmente loco, excepto en aquellas ocasiones en las que mi corazón ha sido profundamente conmovido. Salí de ese lugar donde creía que me convertiría en pastor de ovejas, solo para descubrir que había sido acorralado por una jauría de lobos. Mis ilusiones, entonces, comenzaron a marchitarse, como una rosa que se desgasta con la sola insistencia de la mirada.


Fue entonces cuando entendí que debía refugiarme en una trinchera. Y esa trinchera fue mi biblioteca. Entre libros, encontré un lenguaje, una forma de nombrar el caos, de sostenerme en medio del derrumbe. Comprendí que el lugar en el que estaba no era el que me necesitaba, y que en otros rincones del mundo existían personas tan raras como yo. Empecé a valorar mis ojos, mi boca y mi lengua: podía ver, sí, pero aún tenía que aprender a hablar.


Descubrí que, para comprender a otros, debía aprender sus lenguas, habitar sus palabras, recorrer sus silencios. Solo así, tal vez, podría comenzar a comprenderme a mí mismo.


Y entonces aparece la muerte en mis pensamientos: esa figura amorfa a la que los poetas parecen haber abandonado. Sin embargo, sé que el día que llegue la recibiré como a una vieja amiga. La miraré de frente, sin temor, la tomaré de la mano y caminaré con ella hacia la eternidad. Porque entiendo que la muerte no es un instante, sino un proceso: uno no muere cuando deja de respirar, sino cuando desaparece de la memoria de los demás.


La inmortalidad, entonces, es un acto frágil, subjetivo y casi invisible.

Podría decir que he muerto innumerables veces: en cada beso, en cada libro que he leído, en cada persona que he amado. Fragmentos de mí han quedado esparcidos en otros, así como partes de ellos han echado raíces en mí. Soy, en cierta forma, una suma de ausencias y presencias.


No sé cuántas muertes me habitan ni cuántas más tendré que atravesar. Pero hay algo que sé con certeza: la peor muerte es la que no llega, y la peor vida es la que nunca muere.



 
 
 
  • Foto del escritor: Alejandro Forero
    Alejandro Forero
  • 27 mar 2025
  • 2 Min. de lectura

“Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.”


Por: Manuel Alejandro Forero Torres


Vivimos en una sociedad donde el dinero se ha convertido en una estrategia macabra de dependencia. Dependemos de él para pagar servicios, comida, educación, entre tantas otras cosas. Parece haberse convertido en el único prejuicio que nos une a todos, en un espejismo que nos llena de vana gloria y, al mismo tiempo, en una barrera que nos separa de los demás.


Estos días lo he sentido con más fuerza. Me ha llevado a confrontarme con esa piedra angular que rige nuestras vidas y a entender que el dinero no solo nos limita, sino que también nos revela quiénes nos rodean. Podemos compartir muchas cosas: ideas, objetivos, el alma, el cuerpo, el espíritu… pero, ¿con quién podemos compartir las deudas? ¿Con quién podemos hablar de dinero sin que se vuelva incómodo? Esa maldita palabra que nos quita la paz también es el artefacto que nos confronta, que nos enseña, que nos obliga a reconocer hasta qué punto nuestra propia presencia tiene un valor.


Hace unos días, al salir del gimnasio, vi a una persona mayor barriendo y trapeando. Sentí compasión. Se veía cansada, herida. Recordé que hace un tiempo tenía un trabajo que me obligaba a levantarme a las ocho de la mañana para sentarme frente a un computador a escribir. Por un momento pensé, de forma estúpida, que mi trabajo era sencillo y el de ella era más demandante, que ella merecía ganar más que yo. Luego me di cuenta de algo: el trabajo, como me prometí el día que entré a la universidad, no sería solo para ganar dinero, sino para buscar la felicidad.


Lamentablemente, muchas personas se aprovechan de quienes aman lo que hacen. Porque amar el trabajo nos hace ver el dinero como algo secundario. Ahora que tal vez me escasea y que no termino de entenderlo, quisiera creer que las personas que me aman, que me acompañan, también lo ven así. Pero aunque el dinero me parece una maldición, también me ha llevado a una dolorosa revelación: nos permite reconocer con quién estamos, quién se queda con o sin dinero y quién está dispuesto a compartirlo contigo.


Estoy atravesando un momento de reflexión, de desierto, de melancolía. Sé quién soy, cuáles son mis objetivos y hacia dónde quiero ir. Pero para llegar hasta aquí, he tenido que hacer una exhaustiva purificación, entender que el valor no es solo monetario, que no se reduce a lo que recibimos a fin de mes o a lo que guardamos en una cuenta bancaria. Y, aun así, me doy cuenta de que el dinero, por más asco que me produzca, me obliga a ver el valor que las personas tienen para mí… o el que yo tengo para ellas. Porque, al final, el dinero, por más horrible que sea, nos revela quién merece realmente un lugar en nuestras vidas.




 
 
 
  • Foto del escritor: Alejandro Forero
    Alejandro Forero
  • 30 ene 2025
  • 3 Min. de lectura

Por: Manuel Alejandro Forero Torres


“No estoy seguro de que yo exista, en realidad. Soy todos los autores que he leído, toda la gente que he conocido, todos los hombres que he amado. Todas las ciudades que he visitado, todos mis antepasados”.


A lo largo de la historia, hemos visto cómo el término posesión produce pánico y miedo. Vivimos en una sociedad que teme a lo desconocido, a lo intransigente, a aquello que, en muchas ocasiones, no tiene un sentido tangible y nos puede llevar al descontrol.


Las posesiones, como las hemos visto en el cine y la literatura, son experiencias escabrosas que no tienen un sentido claro. Tienen un final, pero el inicio es incierto; es como si siempre hubieran estado ahí.

Hace un par de meses, escribí un texto titulado Enfrentando a mis demonios. En ese momento, esas figuras mórficas eran incomprensibles para mí. Eran tres sujetos de idas y venidas que me estaban haciendo un profundo daño.


Eran siluetas que atormentaban mi mente y maltrataban mi corazón. Completamente desesperanzado, creía haberlas exorcizado, convencido de que estaba cansado de caminar tomado de la mano de las mentiras, la manipulación y el rechazo.

Esa era mi realidad: no había encontrado otro camino ni otra forma de ver las cosas.


Sin embargo, a pesar de todo, comulgo con la religión del amor y la esperanza. Por eso, he comprendido que lo que alimenta mi vida es enfrentarme al miedo y asumir riesgos sin mirar alrededor.


En un momento, decidí cerrar un ciclo, renunciar a mí mismo y caminar hacia adelante, porque la lección más grande que me han dado las personas que más amo es que, sin ellas, debo aprender a vivir y honrarlas. Porque, como se canta en la película del El Rey León, “ellos viven en mí”.


Sería estúpido defraudarlos, salir o compartir mi vida, mi alma y mi cuerpo nuevamente con sujetos violentos, egocéntricos, mentirosos y narcisistas. Eso sería una traición, no solo a ellos, sino a mí mismo.


Sin embargo, después de reflexionar y reconocer que el espacio en el que vivo es único e irrepetible, un día decidí salir a la calle con un cómodo pantalón blanco, a pesar de que una ciudad como Bogotá parecería prohibirlo con sus constantes obras y asientos sucios. Pero el blanco es lindo, me gusta, y debo usarlo, aunque se pueda manchar. Me puse una camiseta azul, una chaqueta roja y salí sin miedo, enfrentándome, una vez más, a un ejercicio etnográfico en mi propia mente.


Me encontré con una figura frágil, dulce y maltratada. Me llamó la atención que en sus manos llevara un libro. Siempre he admirado a quienes desafían el transporte público de esta ciudad intentando leer en medio del hacinamiento de un bus. Si eso es difícil, imaginen caminar con un libro en la mano en medio de tanta inseguridad.


Esa silueta me abrazó. Llevaba unos lentes oscuros que no me permitían ver sus ojos, pero estaba dispuesta a hablarme y también a escucharme. Nos dimos cuenta de que éramos deidades parecidas, como cuando te miras en un espejo y descubres que no eres exactamente como te imaginas cuando no te ves. Es lo que sienten los artistas cuando pintan un gran paisaje y, luego, el clima cambia y ya no se parece a su obra.


Recuerdo que, hace unos años, al borde de la muerte, comprendí que mi refugio era la lectura y la escritura. Esos espacios han sido liberadores, pero también profundamente solitarios. Y aquella silueta, con su luz un poco apagada por el viento del dolor, la desesperanza y el miedo, decidió acercarse a mí, escucharme y acompañarme. Quiso colocar su luz junto a la mía, que tampoco brillaba con intensidad. Pero, en el momento en que ambas luces se encontraron, la llama se encendió.


Fue entonces cuando me sentí completamente poseído. Poseído en la danza de dos cuerpos fuertes que se aprietan con fuerza, que respiran despacio. Dos corazones que se abrazan, que se desesperan, que laten en medio de la oscuridad, bajo la luz de una pequeña vela.

Y fue ahí cuando comprendí que ya no había espacio para enfrentar demonios, que no me había poseído ninguna entidad malvada. Al contrario, entendí que estar poseído es estar enamorado.





 
 
 
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